CADENAS ROTAS

No hallo palabras para describir la sensación que me causó ver a aquel joven, esbelto y desnudo, tirado en el suelo encima de unas hojas secas, su piel blanca, con un tono cerúleo en sus labios carnosos antes magenta. Unas hojas cubrían sus mechones negros. Su vida escapaba en cada aliento. Caminé unos pasos hacia él. De inmediato distinguí cómo sus ojos me miraban con resentimiento, con hastío, con desprecio. Como si fuera la causante de su agonía. Me aproximé hasta tenerlo a un metro de distancia. Olía a hierbas húmedas y azufre. Su pecho de marfil se pintaba carmesí. Su herida parecía haber sido producida por zarpazo de algún animal salvaje.

Estábamos lejos del pueblo.

Me aventure a caminar hacia el monte porque tenía deseos de estar sola. Alejada del bullicio, del crin de los caballos, del ruido del motor del coche, alejarme del cochino que gemía antes de ser asesinado y dispuesto para la cena. Alejarme de mi raquítica madre, postrada en su cama, esperando la piedad de mis abuelos para que la lleven con ella a un sueño eterno. Lejos de un padre esclavo de sus pasiones. ¡Lejos, lejos, lejos! Huí de mi casa para encontrarme a las afueras conmigo. En la entrada de la vida silvestre sintiéndose como una puerta que habría que cruzar un enorme árbol blanco (pero realmente enorme que mi altura era la mitad de sus raíces), una ceiba daba refugio a las almas desamparadas como la mía. Su presencia era imponente, parecía tener una vida consciente con tanta solemnidad y temple. Verla de día te brindaba paz pero de noche, aquella madera blanca destacaba entre la penumbra como una luz fantasmal, como si te advirtiera de los peligros del monte o como si ella misma, estuviera dispuesta a causarte daño.

Aquel joven siguió mirándome, entrecerrando los ojos. Me acuclillé a su costado, titubeando, toqué su frente. Estaba hirviendo.

-Debo curarte

Súbitamente se incorporó y apretó mis hombros con sus delgados dedos. Penetró sus ojos negros en los míos. Su piel helada me impedía moverme y mi respiración se fusionaba con la suya.

Mi carne ardía, se quemaba.

Esbozó una sonrisa de medio lado, satisfecho y con un toque de picardía, como cuando un niño chiquito hace alguna una travesura.

Un fresco aire proveniente del monte, un sonido lejano del movimiento de las hojas, un revoloteo de aves me hizo mirar hacia la entrada de la morada sagrada de mis antecesores. Cuando miré a mi alrededor me hallaba sola. No había sangre en las hierbas, ni viento que corriera libre. Toqué mi hombro, en instinto para saber si soñé o fue real, pude sentir una hendidura y al destaparme note unas huellas de carbón ardiente. No aluciné.

Lentamente, me retiré a mi casa. El sol estaba por ocultarse y unas nubes negras anunciaban una tormenta. Extrañada, sorprendida, no sabía si decirle a mi madre sobre este encuentro o callarlo, como un secreto mío y del monte.

Mi casa, era humilde, un hogar de dos recámaras, con un amplio patio delantero para guardar la camioneta de mi padre, en donde llevaban los cochinos frescos a los carniceros. La pintura amarilla se comenzaba a desgastar por el tiempo, ya llevaba años desde la última restauración y la humedad del lugar formaba negras manchas de moho en su techo. Entré, mi madre estaba en su habitación, como si nada hubiera pasado, dormida.

Ni siquiera notó mi ausencia. La vela de su existencia pronto se apagaría que no me alcanzaba ya su luz, su paciencia, su temple, me hundía en su oscuridad. Su enfermedad cada día mermaba sus fuerzas. Mi padre, peleado con ella hace tiempo, no era digno de entrar a LA MISMA ALCOBA, quizá, pasaba la noche con una amante o en un bar. Huyendo, con mayor agilidad que yo de aquella cárcel de cuatro paredes. Sentía como las múltiples enfermedades de mi madre fueran unas cadenas que de cuando en cuando podía soltar para caminar un poco, un poco de libertad pero nunca serlo plenamente. Ansío, aunque con vergüenza, el día que la luz se extinga y dejarme arrastrar por la tiniebla.

Mi habitación colindaba con el patio trasero en donde yacían nuestros dos caballos, tres cerdos, dos gallinas y un gallo. Sólo una valla de madera dividía nuestro hogar del monte.

Estaba algo cansada y el espejo de mi cuarto corroboró mis facciones: Mis ojos hundidos, mi rostro demacrado, mi cabello revuelto. No lucía nada joven, ni sana, ni mucho menos guapa. Me recosté en mi cama con mi cabeza hacia mi ventana, escuchaba el repiqueteo de las gotas contra ella. Un rayo iluminaba mi espacio mostrando mis pocos libros, ropa vieja y escritorio con tareas por hacer de mi bachillerato. La lluvia arreciaba, los truenos se volvían más estrepitosos, sonando como cómplices de mi desgana, arrullandome para conciliar el sueño. Accedí. Dormí.

Escuché una respiración pausada, un aliento que se mezclaba con el mío. De un sobresalto abrí los ojos y se fue mostrando lentamente una silueta oscura, era un perro negro. Lo primero que noté fue su mirada de fuego que escudriñaba mi rostro, sus colmillos blancos perfectamente afilados, de su mentón caían unas gotas sobre mi cuello y sus cuatro patas abarcaban toda mi cama. Su piel húmeda empapó mi lecho, estaba tan helado por la reciente lluvia que comencé a tener ligeros escalofríos. Su pelaje se sentía áspero y su pecho estaba cubierto de sangre, me erizaba tan solo tocarla. Era ÉL.

No tenía la menor duda de que era aquel joven que conocí en la mañana, aquel que me dejó una marca en mi hombro, y por tanta familiaridad, aunque lucía de forma salvaje y siniestra, tuve consuelo. Lentamente, bajó su cuello y puso su hocico en mi torso, olisqueaba mi piel como presentándose, dando un saludo. De cuando en cuando, su cercano y fino pelaje me hacía estremecer. Y unas repentinas punzadas de placer encogían mi menudo cuerpo. Recorrió con su nariz toda mi piel, mi senos, mi cintura, mi sexo…Inmóvil, ansiosa, esperaba verlo de nuevo. De un zarpazo rompió mis prendas dejando ver mi pechos desnudos y unas ligeras líneas sanguinolentas. Suspiré y contuve mi respiración. Sin apartar su vista de mí, su lado salvaje, bestial y místico se fue convirtiendo en un humano de piel blanca y cabellos azabache. Al presentarse ante mí se mostraba divertido y con una sonrisa de medio lado, entrecerrando sus ojos, frunciendo su nariz para luego lanzarme una sonrisa plena. Sus labios carnosos ya no estaban azules, se miraban ligeramente rosados y la herida que tenía en la mañana, se estaba cerrando casi en su totalidad.

-¡Hazlo!

Imploraba a esos ojos que me llevara con él. Imploraba a que juguemos el uno con el otro y escuchando mi petición, sonriendo, se dispuso a crear un cuadro de éxtasis con nuestros cuerpos como lienzo. En cada beso suyo sentía como si existiera plenamente, como si una parte de mí cobrara sentido y mi mundo gris tuviera brochazos de color. Fuerte, indomable, salvaje. Sus brazos torneados y fornidos me apretaban con fuerza, sus manos se sentían como ligeras garras que cortaban de cuando en cuando mi espalda. Aquellos besos apasionados ardían dentro de mí y su lengua jugaba con la mía. Mordía mi cuello, mis hombros, mis pechos con tanto empuje que mi cuerpo iba teniendo ligeros espasmos. Su cadera arremetía contra mi vientre, y aunque al principio sentí dolor, me tranquilizaba frunciendo sus nariz de manera bromista, para luego besar mis labios. Aquellos besos silenciaron la transición del dolor por el gozo.

El placer embriagaba cada poro, nuevos caminos descubiertos, él mirándome de una forma bromista y perversa…Yo deseaba que no llegue el amanecer.

Escuché a los lejos, el llamado de mi madre por su medicina.

-¡Claudia, Claudia! ¡Mis pastillas…!

Debía entregarle sus pastillas con agua, para prolongar un día más su vida. Mi instinto de hija protectora me hizo intentar liberarme de ÉL.

Me detuvo con otro beso.

Metió su dedo índice en mis labios y ladeaba su cabeza en señal de no quería que partiera. La voz de mi madre sonaba con mayor intensidad en el otro lado de la casa, en la habitación contigua. Pero el volvió a frenar mis deseos de partir.

-Diré que dormía profundamente

La cadena se fue soltando, abriéndome un camino hacia la libertad, lo sentía. En cada forcejeo, en cada rasguño en mi espalda, en cada mordisco de mis senos. Sentí la libertad que anhelaba.

Desnudos, con las piernas entrelazadas, mirándonos a los ojos, caímos rendidos. Dormimos.

Al llegar el alba, todo estaba en su sitio pero yo aún sentía los orgasmos en mi cuerpo.

Velamos a mi madre ese mismo día, la descubrimos muerta mi padre y yo. Varios vecinos me daban condolencia, lloraban conmigo y me decían lo bella, noble y buena que había sido. Aquélla estaba en su féretro, con flores blancas, descansando con mis abuelos en el cielo.

Ataviada de negro por el luto, me dirigí a las afueras del pueblo, mirando aquel árbol inmenso y frondoso. Mi camino hacia el cielo o al infierno. Mi entrada al inframundo.

Debajo, en sus raíces, estaba acostado mi visitante nocturno, destacando por su pelaje negro y ojos rojos que centelleaban, se puso en alerta al verme avanzar hacia él. De cerca, lo acaricié. Caminó despacio entre las ramas y seguí sus pasos. Estaban rotas mis cadenas. Y atraída hacia las tinieblas, hacia lo salvaje, mágico, místico… me interné con ÉL.

Perdí mi humanidad para siempre.

Las flechas de la reina

Las flechas de la reina, es la primera novela ambientada en Valdemar, un mundo mágico creado por Mercedes Lackey, una de las autores de fantasía más reconocidas en Estados Unidos en la actualidad.

Talia, una joven lectora y rebelde al matrimonio al que se le quería forzar decide huir de casa a sus trece años de edad. En el camino, es escogida por el Compañero Rolan, un caballo mágico. Convirtiéndose  así, en estudiante de la guardia de élite de la reina. Mientras tanto, en Valdemar, se esta planeando una traición a la reina capaz de destruir su mandato. La reina al enterarse de esta situación, pide auxilio a los heraldos para proteger el país y a la heredera del trono.

Las flechas de la reina, El Vuelo de flecha y La Caída de la flecha forman parte de la saga completa de los heraldos de Valdemar. En total, son 25 libros de fantasía sobre este mundo. Mostrando en cada saga una parte totalmente diferente de dicho lugar.

Esta novela publicada en 1987 por primera vez está dirigida a jóvenes, es altamente recomendable si eres un apasionado en la literatura fantástica.

La Aldea de los Ciegos- Egoismo

 

Egoísmo

La invidente tenía grandes poderes curativos, un gran don para la Aldea de los Ciegos. Las personas se acercaban a ella para recuperar su visión.

La Aldea tenía la maldición de que los habitantes nacían con su vista normal hasta los 15 años, después de todos quedaban ciegos. Algunos perdían la visión antes y otros después, pero en promedio a los quince perdían la vista. Muchos adolescentes aterrados, decidían quitarse la vida, otros cuidaban su salud y viajaban a aldeas cercanas para ver y disfrutar de grandes maravillas. Si bien, la señora podía devolver la vista a cualquiera sólo tenía una condición que muy pocos mantenían por más de un año.

Ella podía devolver la vista una vez, pero la siguiente ya no. Además, debía ser totalmente coherente y humilde. Despreciar al otro, llamarle tonto, mal tratarlo, sentir celos, ira, rencor…de inmediato te hacia ciego. La invidente les deba una receta para ser felices plenamente, para transformarse y amarse uno al otro, y ver con claridad. Sin embargo, muchos de sus pacientes perdían la vista ese día, la semana o pocos meses.

Los pocos que gozaban de buena visión eran los que mantenían la armonía y ofrendaban su vida a curar y atender a quienes no, pese a que estás les maldecían porque podía ver y ellos no.

La señora invidente tenía una hija, llamada Xóchitl, a quien la visión nunca se le fue, y el secreto que porque su madre desde muy joven le inculcó el amor por otros. Por ello, ella respetaba, amaba y compartía lo que su madre le enseñó. Porque la ceguera era causada por el interior del ser humano, por su terquedad, porque siendo ciegos rechazaban el cariño sincero de aquellos que amaban dar de sí a otros, sin comprender porque algunas personas se preocupaban por los demás.